Normalmente no hago esta clase de cosas

October 21, 2005

EL MILLON

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En mayo de 2001 obtuve una mención honorífica y la publicación de un insulso cuento en un pequeño concurso de literatura para alumnos de Bachillerato organizado por la Universidad de Sonora que invitaba a jóvenes de Baja California, Baja California Sur, Sonora y Sinaloa a participar en las categorías de cuento y poesía, y como en aquella época yo era la estrellita del Plantel Miguel Hidalgo y Costilla del Colegio de Bachilleres, recibí a tiempo la invitación directamente de la Dirección de mi escuela, así que de inmediato me puse a escribir un cuento largo, pomposo y brillante con el que pudiera lucirme en toda mi preciosa magnitud que terminó borrándose de mi computadora la noche anterior a enviarlo por correo. Cruel destino, vil condena. Luego de relajarme comiendo dos piezas de pan dulce, retorné al teclado y decidí olvidarme del asunto imprimiendo el primer cuento que encontré entre los escritos con que colaboraba para el periódico de la escuela pues, a final de cuentas, nadie tenía por qué reciminarme nada y mis preciosos maestros me querrían por siempre pasara lo que pasara. Y así fue.

Por favor, sean tolerantes:

Dino, escritor fracasado y jugador empedernido, había descubierto en aquella suite de ese hotel de mala muerte un lugar apacible y agradable para darle rienda suelta a su imaginación; finalmente había encontrado un nicho apartado del mundanal ruido del exterior y de las bacanales antológicas que se celebraban a las afueras de ese hotel de rameras, lugar insospechado en donde terminaría por ver un verdadero santuario para continuar con su novela, su gran ilusión inacabada en la que había trabajado durante la última década, sin salir jamás de la primera pagina.

“La danza de las solteronas”, se llamaría; basada en su infancia, narraría la vida de un niño en la casa de sus 14 tías quedadas, que pasaban todas de las cinco décadas, esto, mientras su madre viajaba por el mundo con su nuevo descubrimiento amoroso: un magnate petrolero que gustaba del placer de la adrenalina corriendo por sus venas cuando realizaba algún desfalco financiero contra alguno de sus adversarios en el negocio y era descubierto por las autoridades internacionales para luego ser obligado a huir del país en el que estuviera infiltrado; jeques, monsieurs inversores de la apertura comercial global o texanos maledicientes, cualquiera podía sufrir una estafa o robo en su negocio por aquel millonario ambicioso que estaba más interesado en mantener su monopolio que en cuidar de su amante, con la que mantenía una relación de mera conveniencia que la proveía de nueva clientela en todo el mundo, seduciendo jefes de estado, emires y primeros ministros, que, cegados por la fogosa conducta de la dama, se deshacían en atenciones, caricias y collares de perlas que ella lucia en cuanta cena o reunión acudiera con una invitación oficial en los lugares más disímiles del orbe, todo esto con la venia silenciosa de las cenizas de su marido, que permanecían inertes bajo la cama de la modesta casa de la que aquella señora había salido para nunca volver.

Sí señor, con esto, Dino lo tenia todo para escribir, mas que una historia cómica sobre los problemas de una infancia traumática, una novela de aventuras e intrigas internacionales al mas puro estilo Raffles o James Bond, pero esto no era lo que tenia contemplado para incluir en su primer libro, que era el que lo haría famoso, porque todos los premios literarios que se pudieran ofrecer en todo el mundo eran solo algunos de los objetivos que Dino tenia planeados para el futuro, incluyendo su posterior retiro a las montañas canadienses para trabajar, ahora sí, en su segundo proyecto literario. Así de altas eran las metas que Dino Barrientos Burruchaga tenia para su futuro de escritor.

Pero lo primero que tenía que hacer era continuar y terminar su novela, así que, luego de darse un baño reenergetizante y de devorar su desayuno continental, se plantó frente a la maquina de escribir portátil que había traspasado tres generaciones de su familia, y comenzó a revisar los papeles en donde tenia todas sus notas de trabajo y la única media pagina que había logrado de su novela en diez años.

Una vez dispuesto todo el material tras un ritual que se venia repitiendo desde el feliz momento en que se decidió a ser escritor, Dino comenzó a teclear, vaciando las notas mentales mas cercanas en su mente para desarrollarlas en el papel mas tarde.

“Pafnuncio vivía tiempos difíciles, sus tías le habían enseñado una disciplina férrea consistente en una obediencia total a sus ordenes, sin importar que tan descocadas fueran estas, así, vivía una existencia apacible y pacifica, salpimentada con las ocurrencias, historias y regaños de su numerosa parentela.”

Así empezaba y, hasta el momento, terminaba, la novela de Dino, esa obra magistral que lo conduciría irremediablemente a la consagración universal, solo que su único defecto era que no la había acabado.

Y para solucionar tan inconveniente situación, Dino puso manos a la obra, comenzó a teclear animadamente en la maquina de escribir, para así continuar con su trabajo, tan postergado durante tanto tiempo…

Han pasado tres horas en las decisiones concernientes al trabajo creativo, Dino no sabe en realidad como va a continuar su novela, puesto que al observar sus antiguas notas de trabajo, le ha venido una oleada de recuerdos tan variados como el de la noche en que su madre volvió a la casa de sus tías a anunciar que había quedado sola de nuevo tras la ejecución de su amasio por una corte marcial en Dien Bien Phu, luego de ser sorprendido por las autoridades de Vietnam del Norte pirateando códigos de la computadora nacional de defensa civil, habito que se le había dado muy bien a aquel ricachon por aquellos tiempos en los que defraudaba a diversas compañías multinacionales, y a comunicar que cobraría una pensión muy jugosa para su manutención y la de su hijo, para después volver a las andadas por el mundo con un japonés octogenario de Chiba-Ken, que se había enriquecido cobrándole a los soldados del emperador por usar un paredón en Saipan para las ejecuciones en masa, Dino también recordaba como aquella pensión del amante petrolero de su madre había sido dilapidada por el vástago único de la dama en los casino y burdeles de moda de Las Vegas sin sentir ningún tipo de culpa, para luego convertirse en el beodo repulsivo que lo había llevado, a sumirse en el agujero mas profundo de los abismos del vicio, y por ultimo, a ese hotel de pirujas en el que no encontraba sosiego para escribir su anhelada novela, pero por supuesto, no incluiría eso en su trabajo.

Y si la infancia es destino, entonces Pafnuncio bien pudo haber sido el embrión del Dino que más de treinta años después se ponía a escribir una novela lúdica y enfadosamente humorística, con chispazos de petardeo bien disimulados en anécdotas que nunca existieron pero que están tan bien escritas que se hacen pasar por verdad.

Y es que el asunto de las identidades personales en la década de los noventa se enfrenta día con día con individuos capaces de convertir cualquier cuartucho de hotel en una morada perfectamente adaptable a sus necesidades creadas pero tan bien adaptadas a su estilo de vida, que se vuelven indispensables.

En un principio, la novela de Dino pudo ser una obra basada en sucesos tan aislados y reales como el del primo que fue ejecutado en Estados Unidos por la supuesta violación de una de sus hermanas, pero que en realidad fue colocado como chivo expiatorio por parte del equipo de campaña de su tío, el verdadero culpable, que por aquel entonces era candidato a Representante, o como le de la tía Doris, que se pintaba el pelo a las tres de la mañana de cada jueves, cuando todo el mundo dormía y no podía notar que su blonda cabellera no era más que una ilusión provocada por el tinte Marca Propia que compraba en el mercado de la esquina de la casa.

Pero no, se necesita un argumento más sólido.

Ya esta por amanecer y Dino teclea animoso en su maquinita, esta ansioso por vaciar sus historias y sus recuerdos en la hoja de papel, sabe que, a como esta observando el desarrollo literario de su novela, bien podrían pasar otros diez años para comenzar la escritura del segundo capitulo, pero Dino ya no tiene tiempo, sabe que la salida bajo fianza de su madre de la cárcel por el asesinato de Wakayama-san es ya un hecho, y que pronto lo ira a buscar para pedirle dinero y así continuar su juerga mundial, y también sabe que, al contarle sobre su vicio de 50,000 dólares diarios en el Caesar´s Palace podría repetirse con toda facilidad aquel episodio en Tokyo que llevaría al anciano militar a la tumba, en el fondo de su piscina palaciega, luego de negarle mas dinero a su dama especial, tras comprobar horrorizado que su cuenta bancaria de Ginebra se encontraba, no en la bóveda privada de aquel hijo del sol, ni en algún banco de las Islas Caimán, sino en los minks de la señora, en sus perfumes de Esteè Lauder y en las servilletas sedosas de Hermès, dejando en la ruina al oriental, Dino también sabia que su madre era capaz de robar, de engañar y hasta de matar con tal de mantener su lujoso estilo de vida, así de fácil, tan fácil como sentarse, escribir cualquier estupidez en la maquina de escribir o empujar una silla de ruedas a una alberca.

Son casi las cinco de la mañana y la Remington esta que echa chispas, Dino esta inspirado, posiblemente por la cercanía de su progenitora, posiblemente porque siente el fin de su carrera malograda de escritor, posiblemente porque presiente que, de alguna forma u otra, su madre sabe donde esta y que esta por sorprenderlo en un hotel de paso haciendo esfuerzos sobrehumanos por hilvanar unas cuantas frases, sin un centavo en la bolsa, por eso, cuando escucha unos fuertes golpes contra la puerta de su cuarto, sabe que bien podría ser, no su madre, sino algún camarero malhumorado o cualquier otro ser humano capaz de semejante acción, pero, en ese instante, Dino pudo sentir correr por sus venas el mismo adrenalinazo que habría sentido cualquier preso entre un millón de los que se ejecutaron durante alguna de las batallas de la Gran Guerra, ya sea en Saipan, en Normandia, en Iwo-Jima o en cualquier otro lugar en donde se cargara un arma en posición amenazante, porque como bien lo dijo Stalin, una muerte humana es una tragedia, un millón de muertes humanas es una estadística.

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