Normalmente no hago esta clase de cosas

July 14, 2006

EL CARAMELO DA VUELTAS EN LOS HIDRATOS DE CARBONO

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La puerta principal de la casa de interés social tiene una perilla que se ha ido descarapelando muy pronto, el brillo dorado revela el ridículo artificio que se le ha mandado a ejecutar cuando manchitas plateadas se expanden sobre el cerrojo. Sasha (su verdadero nombre es Dora) sale deprisa y la golpea sin percatarse siquiera de las paredes de concreto cimbrándose antes de hundirse en un silencio de lapislázuli. El corredor central, una vez pasados el cuarto de baño y la bodeguita de los cachivaches, conduce a la habitación de Lorenia.

Lorenia se tumba en el piso y abre una bolsa de Cheetos, mete una mano, las dos, su bocaza es un cenagal de babas calientes y costras de sarro, los restos de cereal del desayuno observan con pasmo la nueva hinchazón salada del paladar, hay una posibilidad considerable de que se atragante y tenga que abrir el noveno bote de refresco de uva; el bolo multicolor olvida su cosmética agridulce y se hace a la idea de que su momento ha pasado, el siguiente bocado se hace presente ahora acompañando las frituras con crema chantilly disparada por el prepotente envase metálico y las rodajas de plátano deshidratado se muestran discretamente en su faceta de ornamentos que con sofisticación regalan un gusto suave y dulzón que aún resiste el embate de los pretzels picantes al punto de las primeras gotas del nuevo jugo sabor naranjamangoframbuesasandía. Las gotas resbalan por las mejillas de Lorenia y manchan su blusa de algodón.

La alegría no debe confundirse nunca con la saciedad, aquella es un poco más sutil, aunque a veces exige cambiar de postura, gusta de combar espaldas y de redondear eructos cuya represión puede cobrar facturas muy altas, Lorenia lo sabe y prefiere actuar con naturalidad, hace un esfuerzo para darse la vuelta antes de que se le entuman las piernas y accidentalmente coloca su rodilla izquierda sobre una servilleta grasienta sobrante del festín de pollo rostizado de anteanoche, se limita a tallarse y prueba de nuevo en los dedos el sabor de la grasa rancia y, estirando el brazo, abre el cajón inferior derecho de su tocador y decide hacer la maniobra completa y lo termina de sacar solo para disfrutar la escena de los pastelillos cremosos y los bombones de chocolate con cereza cayendo en la alfombra, las chocolatinas con relleno de mantequilla se endurecen muy pronto, obligan al consumo inmediato, invitan a la depravación; los malvaviscos bañados en mermelada se precipitan sobre la inquietud por el futuro. Lorenia tiene una almohada favorita, de la que por un lado sale un brazo regordete de hule espuma (o plumas de cisne) que le ofrece todo el apoyo que necesita, hasta volver estorbosos los humores humanos; la salsa de tomate posee propiedades balsámicas que funcionan benevolentes sobre cada sabor, cada olor y superficie, mezclándolas y agitando con fuerza con todos los postres apadrina el descubrimiento de nuevas metafísicas portátiles.

La ciudad era una estación de paso hace dos generaciones, el ánimo camporano aún late velado por los letreros y logotipos diseñados por computadora, aún los ancianos son traicionados por la costumbre y se calan sus sombreros de paja. Hay en el cielo la firme promesa de una lluvia más robusta que las de años anteriores, ahí donde había plantaciones de maíz y tubérculos ahora se despliegan los ríos subterráneos de la senectud del futuro.

Las casas poseen techos de un material similar al barro, la tejas eran bonitas hasta que empezaron a decolorarse y poco después las mariposas tuvieron que emigrar. El mercado de chucherías vendía lombrices frescas para pesca, el ojo de agua se secó y ahora están hechas de grenetina y se ofrecen en varios sabores que los golosos consumen con confianza sonriente en el porvenir de su aburrimiento y Lorenia las devora con desesperación, jugando a meterse tantas a la boca como sean necesarias para no distinguirles ningún sabor y así, la lengua se rebasada en su debe categorizar la variaciones de dulce-amargo-agrio-ácido y ponerlas al servicio de las evocaciones: a Lorenia le cautiva darse cuenta de que prácticamente no existe el color azul en casi nada de lo que comemos; Lorenia ha recorrido suspiros suaves y cortos y otros largos y abigarrados, la mantequilla es muy pesada y hace que la atmósfera se enrarezca y los macarrones con queso también pueden antojarse incapaces de reconstruir los reflejos del espíritu en su cuerpo pastoso, no apto para la meditación.

Lorenia no tiene ningún problema con eso, Sasha tampoco, pero ella nunca ha tenido oportunidad evitar ese impulso desquiciante de empinarse la botella de refresco de cola luego de la ducha. Lorenia, en las últimas semanas ha abandonado el sillón poco amigable y se ha instalado en la bolsa verde fosforescente rellena de aserrín y manchada con migajas de pan francés.

Sasha es de la opinión de que cada persona debe comer sólo aquello que le satisfaga y le otorgue un buen rato de placer. Su Lorenia ha seguido el consejo con gran fidelidad: la rectitud de las líneas es sólo esteticismo decadente, la suavidad plástica de los colores convertidos en sensación y recuerdo es la verdadera vida que recorre el cuerpo a la velocidad del sudor y la sangre. El moho maloliente prospera y hace planes bajo los pliegues de sus carnes infladas, los pastelitos azucarados con relleno de crema bávara escupen con brillo obsceno la bacanal de partículas dulces como el acero templándose en una bandeja de aceite vegetal. Sasha, sólo ocasionalmente, se distrae y da algunos pasos titubeantes sobre el pavimento, sin retirarse mucho de su puesto y medita sobre el futuro, lo cual le resulta fatigoso y por eso, antes de construir cualquier posibilidad, tararea una melodía feliz y estira el cuello para espabilarse. Por su parte, desde su cuadrilátero amurallado, Lorenia no planea gobernar El País de los Malvaviscos, tan sólo desea sentir el placer del empalago instantáneo, diminuto, una sola vez, cada vez.

***

Nadie lo habría podido prever, en las grandes ciudades no pasan cosas así, quizá porque la gente niega parte de su humanidad mediante afectos superficiales. Dentro de varias décadas se hablará todavía del asunto en los libros de sociología, historia o, probablemente, biología, pero por lo pronto las únicas referencias son las miradas cabalgando el horror. Trozos de carne incitante como la miel caen por miles de miles una tarde cualquiera sobre los automóviles desde las avenidas principales hasta los callejones anegados de basura, en los jardines y banquetas y a veces golpeando de lleno a los perros que corren chillando, cuando pueden levantarse. Algunos siguen contando las líneas del asfalto con verdadero fervor y los ciudadanos más despreciables consideran en el fenómeno la reivindicación de una saludable ley natural y como el triunfo de la Belleza y la Rectitud más elementales sobre la mentira de los manteles limpios y de los golpes en las zonas blandas de mujeres y ancianos por igual: la revelación va más allá lo que son capaces de resistir y sus almas salen despavoridas de sus gargantas y se quedan flotando en las frondas de unos pocos árboles, cuyas hojas empiezan a confesar su temple marchito.

Por una razón que no puede dilucidar, Sasha se siente más habituada a la carne viva, esa que en su gran vitalidad advierte los primeros síntomas de putrefacción, por lo que prefiere no moverse mucho y sólo se le ocurre pedir una dotación extra de salsa de tomate para sus ravioli a la hora de la cena.

Lorenia sabe gozar la bondad de la intuición cremosa recreada por las circunstancias. Con anterioridad ha entendido la evolución de las ideas y las costumbres, así como los acontecimientos que acaparan las planas enteras usando la metáfora de la consunción del sabor, como un chicle agotando sus cualidades tutti fruti: bajo la presión irreductible de la saliva para quedar exangüe, tornado despojo del pasado. Sasha no había criado a una niña pesimista, pero su opinión del mundo siempre ha sido sensible al dolor, a las crepitaciones del agua que decretan la inmanencia de las pulsiones que invitan al mundo a hundirse en su negrura abisal, y Lorenia percibe semejante escena como una constante, una realidad tan evidente y casi tan dura como el caramelo de las paletas Chupa-Chups que guarda bajo su almohada: las diminutas imperfecciones del caramelo macizo invitan a la lujuria, a morder y a gustar el ardor del dulce concentrando su poder en la región anterior de la lengua. Marion Steiner lo imagina de nuevo y comienza a salivar, pues sabe que su paletita con relleno de rompope deberá esperar un poco más, ahora ha aterrizado en Nueva York y camina por la Avenida Park al lado de Abner Craddley, el mítico fundador de la Orden Áurea del Supremo Poder, y sus opiniones acerca de la capacidad del cerebro humano para elevarse sobre la soberanía limitada del cuerpo en momentos de máxima confusión le desagradan: es un hombre muy simple como para hacerle creer en las especulaciones de otro Mesías de supermercado con antecedentes de violencia doméstica, pero está trabajando en el nuevo reportaje devastador del mes y no puede hacer nada que no venga previsto en el libreto diseñado por el Observer:

-Así que usted cree en la magia del cerebro. ¿Considera que cualquier persona está capacitada para desarrollar esos poderes destructivos de los que ha hablado en La Nueva Biblia Metafísica, su más reciente libro que lleva ocho meses como superventas en Amazon.com y en el primer lugar del New York Times Book Review?- Se anima finalmente a preguntar, con cierto tono de hartazgo mientras avanzan frente al Hotel Ramada de la Octava Avenida,

-Verá usted, en realidad yo solo planteo la necesidad de una aplicación efectiva, en la vida cotidiana, de nuestras capacidades latentes que nos permiten hacer maravillas en situaciones extremas, nada más que eso. Los llamados “maestros ascendidos”, sean aquellos que doblan cucharas o llevan a cabo viajes astrales, no son más que exitosos entrenadores de su cerebro.

-Pero mucha gente podría malinterpretar esas tesis, hay demasiada presión actualmente sobre su grupo a causa de la fe que la gente tiene en un dios, en el alma, la energía, la cosmología o en lo que sea, excepto en la química cerebral.

-¿Ha leído en los periódicos las últimas notas sobre los campesinos supuestamente abducidos por extraterrestres?, como ciudadanos del nuevo milenio debemos entender de una buena vez que el poder portentoso de la imaginación para cambiar al mundo, y mucha gente que, conscientemente o no, logra percatarse de ese potencial, percibe de pronto cómo sus sencillas vidas se ven alteradas por proyecciones de una realidad posible.

-¿Quiere usted decir que ahora mismo somos capaces de desarrollarnos tal y como lo hacen las avanzadas civilizaciones que la ciencia ficción y los ufólogos han adjudicado a las formas de vida que según ellos han venido a visitarnos con frecuencia?

-Eso es material de gran calidad para muchos diarios sensacionalistas. Lamentablemente son sólo fantasías que no nos ayudan a comprender nuestra condición mental, es a ello a lo que me he dedicado desde hace muchos años, a todo eso que está detrás de las fuerzas simples que ponemos a funcionar. Le pondré el ejemplo mas simple de todos: imagine a una enclenque madre de familia a la que su niño travieso se le ha soltado del brazo y ha salido corriendo hasta la calzada para ser arrollado por un automóvil de regular tamaño. ¿Qué es lo que hace ella?, yo no sé qué se esté imaginando usted, pero para mí lo más lógico es que esta mujer, al ver a su hijito atrapado bajo las llantas, correrá hacia el auto y lo levantará con la suficiente firmeza para que el pequeño sea liberado de semejante tormento. Eso para mí es el poder de la mente que quiero investigar y exaltar en la filosofía de mis manuales de autoayuda y asesoría psíquica.

En este punto de la entrevista ambos personajes caminan por la Avenida Madison y se dirigen sin proponérselo al bistró Asia de Cuba, ante cuya entrada Craddley se detiene de improviso.

-Señor Steiner, fíjese muy bien en esto, por favor, y tome siempre en cuenta que los caminos de la mente sí que son inexpugnables- Dice Craddley y, emplazando al periodista con la mano a quedarse quieto, camina rumbo a la puerta del restaurante donde empieza a seguir a un transeúnte imitando sus movimientos. Steiner lo observa dejar caer los hombros echar la cabeza un poco delante, como el hombre a quien sigue. Después inicia el balanceo de los brazos con su mismo ritmo, como una sombra (o cuerpo astral) del otro. En ese momento, Craddley dobla las rodillas, se agacha un segundo y el sujeto al que sigue cae, como si le hubieran segado las piernas.

Justo entonces Marion Steiner sabe que el encuentro ha llegado a su fin. En una población perdida en Ninguna Parte acaba de ocurrir un milagro (o un record) mucho más prodigioso que las rutinas bien sincronizadas de dos payasos que estuvieran empeñados en impresionarlos, no había ahí más magia que la de la vida real sensibilizada por la reacción de la sal y el azúcar de la cubierta agridulce de las frituras que Lorenia disfruta cuando el Universo completo se le mueve y la jala, la araña con la clara verdad de los invisibles cuerpos volátiles en movimiento, logrando que su tierna mole se doble sobre sí misma para caer encima de su paquete familiar de pasitas con chocolate. La luz del sol cayendo a plomo sobre la alfombra sucia, tiesa por efecto de los granos de azúcar y las volutas de añeja suciedad flotando en el complejo ambiente contaminado.

***

A su llegada al pueblo, Steiner visita a varias familias que le facilitan datos sobre la clase de comunidad a la que acaba a arribar pero que no saben abundar en información sobre el fenómeno. Ya todos los pedazos de carne brillante y sanguinolenta han sido pasados por la olla de cocción, sin embargo nunca faltan pueblerinos que quieran seguir solazándose en su estulticia llevando a Steiner a un paseo turístico por el lugar y como el periodista sabe de la hospitalidad de esta gente debe preparar su ánimo para almorzar nueve o diez veces en una tarde, en casa de las familias que sonríen ante la mica plástica de su tarjeta de prensa. Luego de saludar al alcalde a las afueras de la comisaría observa una muchedumbre apabullar la puerta de una casita bien cuidada. Hay elementos del cuerpo de bomberos caminando de aquí para allá dejando ver una docena de rostros de preocupación disimulada. Steiner se emociona y entra a la casa escoltado por el jefe de la policía y al llegar al fondo del pasillo debe enfrentarse a la robusta visión de Lorenia sobre su alfombra.

“Jamás había visto nada igual en toda mi vida”, comenzaría el estupefacto relato de su aventura en la primera plana del Observer dos días después, para luego narrar los esfuerzos de la Brigada de Rescate local para conseguir el cálculo de los trescientos ochenta y nueve kilogramos de peso de Lorenia, cuyo calor corporal, desvaneciéndose a cada segundo, habría empezado a derretir los dulces chiclosos atrapados bajo su vientre.

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