PORQUE YO LO DIGO I
1.- La Posmodernidad es desencanto, pero también capacidad de reencantamiento a través de distintos soportes tecnológicos, ideológicos y, por supuesto, artísticos. Cuando observamos el tránsito hacia el estadio actual, nos percatamos de la Modernidad como una actitud conservadora, fulgurante por estar llena de referencias que en la actualidad aún son vigentes. Recuperando al clásico posmoderno Frederic Jameson, encontramos que una transformación evidente en esta discusión corresponde al estilo. La estilística responde fielmente a una saturación de imágenes y referentes que, por la ausencia de soportes (cine, fotografía y demás) no estaba disponible en los Tiempos Modernos. La ideología se vuelve terreno fértil para la parodia y acudimos a la nueva (ya vieja) certeza de que las grandes instituciones, aún poquito antes de Lyotard, ya no se encuentran relacionadas por el peso específico de sus respectivos sistemas, sino acaso por el escarnio que de ellas se puede hacer popularmente a la luz de la dialéctica del siglo XX posterior a la Primera Guerra Mundial. El posmodernismo, como estilo, es testimonio de espectacularidad y en esa pátina se desliza el sentido de sus empaques coloridos. Uno de los pocos pasajes que los neófitos ilustrados recuerdan de Hegel no es un aserto de Hegel sino su paráfrasis en El 18 brumario de Luis Bonaparte, de Karl Marx, cuando afirma que la Historia, al presentarse por segunda vez, vuelve como farsa. Aunque no nos dice nada acerca de la tercera oportunidad, cuando diversos procesos derivan en el mencionado reencantamiento con los recursos particulares de una época. Cuando se presenta eso que Jameson llama “el auge del populismo estético”, ya nos hemos alejado de la solemne felicidad avistada por la Modernidad que confiaba en el progreso (de las máquinas) para alcanzar la utopía. Esta última es una idea que se revela demasiado retardataria, por progresista, como para ser tomada en serio por la escena posmoderna. Acaso porque el carácter pop de la estética actual, aun cuando lanza anatemas contra el kitsch y el pop art por igual, la domina a tal grado que no puede evitar verse a sí misma con escepticismo.
2.- El posmodernismo se caracteriza, en la versión de Jameson, por un milenarismo exuberante que está impaciente por extenderle su carta de retiro a la religión, a la ideología, a las clases sociales, a la socialdemocracia, al estado de bienestar y, claro, al arte. Se ha despojado ya de la adusta actitud ceremonial del manifiesto artístico y de la vanguardia a cualquier nivel. Su posición de avanzada radica en negar a esta para expresarse mejor. Después vendrá la fusión de música clásica y popular y la necesidad de, si insistimos en ello, confinar cualquier juicio de valor sobre “arte bueno y malo” al campo de la formalidad técnica, aún cuando tendremos que estar resignados a que no obtendremos gran cosa por esa vía. Ni por ninguna otra. Cuestión de estilo.















