Normalmente no hago esta clase de cosas

August 30, 2009

POST MISTERIOSO VII

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Cuando abren el portón, el tufo de los medicamentos los golpea y les recuerda a los bultos arrugados que ahora cuidaban allá en Mexicali. Una pequeña monserga a pagar por la ganga que estaban por aprovechar. Las cortinas, arrancadas; la alfombra y los tapetitos de la entrada, enrollados a toda velocidad. El sofá, los tresillos, las dos televisiones de bulbos, una sobre otra, y las lámparas con sus pantallas apolilladas proyectando ahora sólo sombras azoradas.

Demasiado ruido que quiebra una serenidad de medio siglo atestiguada por las cazuelas de cobre donde mamá me cuenta que mi Ticati preparaba, vuelta tras vuelta con su cucharón de madera, las jaleas de membrillo, naranja y ciruela que después conservaba en frasquitos que su marido contaba antes y después de cada visita de mis abuelos con sus hijos.

Cananea nunca fue una fiesta. Era, tanto mejor, un pueblito de postal donde nunca ocurrió nada, qué bendición, hasta que la mina quebró y la Caja de Ahorros desfalcó a todos sus habitantes y, bueno… las figuritas de porcelana, los tejidos, las chambritas, el plato con la foto del Papa, la colección completa de vinilos de Vicente Fernández. Netito y Nancy jamás permitirán a su madre regresar: ahora ya no hay a dónde. Los chalanes apuran brazos y piernas y pronto ya está la cama de mi Tía Raquel adornando el centro de la calle con su dosel de seda desinflado impregnándose de aceite de motor.

…y entonces empezaron los jubilados y sus esposas a engrosar las listas de espera de la clínica pública del pueblo. Muchos corazones rotos, arterias ahítas de desesperación. El problema se solucionó cuando la clínica cerró y así ya nadie tuvo que acudir a Urgencias. En fin… tirar, tirar, tirar, tirar y tirar y así se reciclan cincuenta años de chácharas. La gigantesca reproducción de La última cena que Yayis le envidió a mi Ticati desde la Pascua de 1960, por acá saliendo, quebrándose, quebrándose… el retrato autografiado del Gobernador Biebrich, tan guapote él, ese es para Conchita, que lleva treinta y seis años suspirándole, ahí está, junto a la bacinica de mi tío Ernesto, en la orilla de la banqueta…

Los vecinos se asoman, otean, vienen y se van por ayuda para cargar el ropero, , el comedor, la estufa donde mi Ticati cocinaba, todos los días desde las cuatro y media de la mañana, las tortillas de harina para su marido minero. “Llévense lo que gusten, que allá en Mexicali mi mamá no tiene mucho espacio” Mañana o, esperemos, esta misma noche, nada quedará y nos podremos ahorrar este bochorno, este despojo del anecdotario familiar.

Ay, Ticati, Tía Raqui, tantas veces que me invitaste a visitarte en tu casita (esa que no te quitaron las nevadas ni las tormentas eléctricas, sino las firmas de dos desgraciados) y yo que siempre pensé, instalado en el calor de julio, que todo era para siempre, negándote la alegría de verme en otros ambientes. ¿Qué te puedo ofrecer ahora? El calor, por supuesto, pero también la sombra, el ruidito de una ciudad, las evocaciones de tu nuevo hogar y a ver cómo nos va…

El Mercado Municipal, la Plaza del Mariachi, Pueblo Nuevo, los cafetines y los lindos parquecitos y restorancitos de eso que los publicistas acaban de nombrar la “Zona Dorada”, y Benito Juárez y Lázaro Cárdenas y Francisco L. Montejano y Justo Sierra y Aviación y Castellón y los tianguis y las chácharas y los carritos de comida y, como sea, que si no hago porque te enteres de lo que todo esto significa, te me mueres en tu casa de Cananea aunque te tenga aquí a mi lado.

Salgamos a pasear, a que con tus manitas delgadas y manchaditas dictamines que el tiempo se detenga y escojas el recuerdo que más se te antoje, que ahora estás aquí, en Mexicali, conmigo y necesitas empezar a guardar nuevas vivencias y sensaciones para los próximos cincuenta años. Aquí, conmigo.

1 Comment »

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  1. Ah qué mi don Plutarco. Qué hermoso texto. De no ser por los poemas que leí hace dos noches, diría sin penas que es una de las cosas más lindas que he leído recientemente. Con lo mucho que sabes que me gusta el pasado. El polvo que conlleva. Recordar es sacudirse. Con lo mucho que sabes que me gusta Sonora. Lo significativo que es para mi este periplo que va del desierto de Altar y entra por el valle. Con lo mucho que sabes que me gusta Mexicali. Vaya cosa te has escrito.

    Comment by Abelardo L. Rodríguez — September 2, 2009 @ 5:39 am

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